por DARIO SZTAJNSZRAJBER en http://www.clarin.com/opinion/celebracion-detiene-tiempo_0_774522681.html
Detener el tiempo. Interrumpirlo.
No se trata de ninguna máquina fantástica y mucho menos de un milagro sobrenatural.
Lo humano viene creando artefactos tanto tecnológicos como religiosos, y sin embargo olvida la posibilidad que siempre tiene de reinventarse a sí mismo. Para interrumpir el tiempo no hace falta una máquina del tiempo ni una intromisión divina: solo alcanza con juntarse en familia a celebrar Rosh Hashaná, el año nuevo judío.
Juntarse en familia es una forma de detener el tiempo, o por lo menos de salirse de la linealidad del reloj secuencial que nos introduce en sus ritmos y nos desconecta. O más bien, nos conecta con su propia lógica: la productividad cotidiana.
Creemos que vivimos el tiempo, pero el tiempo de lo cotidiano nos vive. Cualquier día de nuestra existencia se parece más al producto final de una cadena de montaje para que todos los tiempos rindan. ¿Rindan para qué? ¿Rindan para quién? Salir de la linealidad del tiempo es comprender la circularidad de un rito que nos convoca cada año en Rosh Hashaná. Juntarnos en familia y ser improductivos. Charlar, reír, comer, recordar a los ausentes, proyectar, poder vincularnos con el otro por sí mismo y no por lo que me pueda dar o devolver.
Rosh Hashaná es la fiesta del tiempo. Una fiesta es siempre un momento improductivo, un momento de derroche. No se trata de un exceso material, sino espiritual: un exceso de espiritualidad. Es que esta primera noche inaugura días que se conocen como los días de balance.
Desconectar con lo material para reconectar con el sentido: con el sentido de la búsqueda, de la pregunta por lo que vamos siendo. Por eso son estos días “los días terribles”, ya que moverse siempre genera vértigo, desacomodarse siempre desestabiliza.
El tiempo lineal nos aquieta y brinda respuestas cerradas para todo. Pero por suerte existe Rosh Hashaná para detener el tiempo y vivenciar estos días en el contacto espiritual con nuestra intimidad, esa zona abierta que nos muestra que en el fondo de nuestra individualidad siempre hay un otro. Tal vez el mejor balance tenga que ver con la posibilidad de desapropiarnos un poco de nuestros dogmas e intereses individuales para comprender que la espiritualidad no pasa ni por un marketing de las creencias ni por la repetición vacua de las normas. La espiritualidad es un ejercicio de libertad que no puede estar empaquetado.
La espiritualidad es antes que nada la presencia de un otro que nos muestra que hay algo más además de uno. Por eso estos días de balance culminan con Iom Kipur (el Día del Perdón), ya que no hay acto de mayor desprendimiento del interés individual, que la posibilidad de ir incluso en contra de uno mismo en el perdón. El perdón no es productivo, sino que justamente rompe con la lógica de la conveniencia y por eso interrumpe el tiempo. Detener el tiempo. Celebrar lo improductivo. Celebrar lo humano un nuevo Rosh Hashaná.
Comentarios